Después de lo sucedido en Puchuncaví-Ventanas, Huasco, Mejillones y Chuquicamata, por nombrar algunos, la relación entre proyectos industriales y sus impactos ambientales y sociales se hizo visible ante una opinión pública altamente sensibilizada. La pregunta a continuación es qué hacer para restaurar aquellos sitios.
En mi breve estadía en la ciudad de Green Bay, Estados Unidos, –una ciudad que hace 40 años estaba altamente contaminada– supe que la solución no se logró por acciones puntuales del gobierno central o sanciones legales, sino por un acuerdo entre entidades públicas y privadas y organizaciones civiles.
La ciudad está situada en una subcuenca, en la bahía de Green Bay, brazo del lago Michigan en la desembocadura del río Fox. Esta se caracteriza por ser una localidad industrial en la que se encuentran empacadoras de carne, plantas de papel, celulosa, tratamiento de aguas, termoeléctricas a carbón y un puerto. Todo, en plena ciudad.
Efecto de la fuerte actividad productiva, la pérdida ambiental y turística fue devastadora. Para enfrentar este escenario, firmaron el acta de Agua Limpia y se formó una mesa conjunta que trazó un plan maestro. Primero, detectar los impactos existentes –descargas de residuos al río y emisiones–, para luego tomar en forma conjunta acciones que permitiesen recuperar a la bahía impactada.
La dinámica de trabajo generó una visión común en la que todos pensaban en cómo aportar para crear una ciudad más verde. ¿El resultado? Hoy, Green Bay alcanza un equilibrio entre actividad industrial y desarrollo urbano en el que coexisten plantas productivas y una reserva natural ícono de la restauración ambiental.
Por Alex Godoy Faúndez
Centro de investigación para la Sustentabilidad
Facultad de Ecología y Recursos Naturales Universidad Andrés Bello.











